La Feria de las Vanidades, de William Makepeace Thackeray, es una de las grandes sátiras de la sociedad inglesa del siglo XIX y una de esas novelas clásicas que, casi dos siglos después de su publicación, sigue sorprendiendo por lo actual de su retrato de la ambición, la hipocresía y las apariencias sociales. Esta reseña repasa su argumento, sus personajes centrales y por qué sigue mereciendo la pena leerla hoy.
Datos básicos de la novela
La Feria de las Vanidades, cuyo título original es Vanity Fair: A Novel without a Hero («una novela sin héroe»), fue publicada por entregas entre 1847 y 1848, y satiriza la sociedad británica de principios del siglo XIX. El título procede de la historia alegórica de John Bunyan El progreso del peregrino, donde la «feria de las vanidades» es una parada en una ciudad llamada Vanidad que representa la atracción pecaminosa del ser humano por las cosas mundanas, una metáfora que Thackeray traslada al conjunto de la sociedad inglesa de su época.
El argumento: dos mujeres, dos caminos opuestos
La novela sigue las vidas entrelazadas de dos jóvenes muy distintas que salen juntas de un internado femenino: Rebecca «Becky» Sharp, huérfana, ingeniosa y decidida a ascender socialmente a cualquier precio, y Amelia Sedley, una joven dulce y sentimental de familia acomodada. Mientras Amelia deposita toda su vida emocional en su matrimonio con George Osborne, Becky utiliza su inteligencia y su encanto para escalar posiciones sociales, primero como institutriz y después a través de matrimonios y relaciones cada vez más ventajosas, sin que ningún escrúpulo moral la detenga en el camino.
El telón de fondo histórico son las Guerras Napoleónicas, con la batalla de Waterloo como uno de los momentos centrales de la trama, aunque Thackeray las utiliza más como escenario para revelar el carácter de sus personajes que como protagonista real de la historia.
Por qué «una novela sin héroe»
El subtítulo es literal: todos los personajes tienen defectos importantes, incluso los más simpáticos, como el leal capitán Dobbin, que muestra tendencia a la melancolía y a idealizar en exceso a Amelia. No hay en la novela ningún personaje moralmente intachable que sirva de brújula al lector; en su lugar, Thackeray construye un retrato colectivo donde la codicia, el esnobismo y la hipocresía aparecen repartidos, en mayor o menor grado, entre todos los protagonistas.
Becky Sharp: la antiheroína que eclipsa a la protagonista «buena»
Becky Sharp es, para gran parte de la crítica y los lectores, el auténtico centro de gravedad de la novela: astuta, ambiciosa y moralmente ambigua, funciona casi como una versión femenina del pícaro de la tradición literaria española, generando una simpatía incómoda en el lector incluso cuando sus acciones son claramente reprobables. Frente a ella, Amelia —presentada al principio como la heroína «correcta»— acaba revelándose, a ojos de muchos lectores, como un personaje pasivo y hasta irritante en su sumisión sentimental, lo que invierte las expectativas habituales sobre quién debería despertar la simpatía del lector en una novela de la época.
La voz narrativa: ironía constante
Uno de los rasgos más característicos de la novela es la voz del narrador: un observador omnisciente que comenta de forma directa e irónica las acciones y motivaciones de los personajes, exponiendo la hipocresía social sin necesidad de un juicio moral explícito. Este recurso —el narrador que se dirige casi directamente al lector, invitándolo a reconocer sus propias vanidades en los personajes— es parte de lo que hace que la sátira siga funcionando siglos después: Thackeray no señala solo a la sociedad victoriana, sino a cualquier época en la que las apariencias y el estatus social condicionen el comportamiento humano.
Comparación con sus contemporáneos
A diferencia de Charles Dickens, cuyo estilo tiende a lo sentimental y a personajes más claramente buenos o malvados, Thackeray apuesta por un realismo más consciente: sus personajes actúan por motivaciones creíbles y complejas, no como marionetas al servicio de una moraleja externa. Es una diferencia de enfoque que ha llevado a la crítica a considerar a Thackeray como uno de los novelistas más modernos, en sensibilidad psicológica, de la literatura victoriana.
¿Merece la pena leer «La Feria de las Vanidades» hoy?
Es una lectura exigente por su extensión —ronda las 800-900 páginas según la edición— y por el ritmo pausado propio de la novela victoriana por entregas, pero recompensa con creces a quien la termina. Su retrato de la ambición social, la hipocresía de las apariencias y la fragilidad de la reputación (especialmente femenina) en una sociedad obsesionada con el estatus sigue resultando sorprendentemente reconocible. Además, Becky Sharp continúa siendo, casi dos siglos después, uno de los personajes femeninos más complejos y menos moralizados de la literatura del siglo XIX, mucho antes de que la ambigüedad moral en protagonistas femeninas se normalizara en la narrativa contemporánea.
Preguntas frecuentes
¿»La Feria de las Vanidades» tiene relación con la Feria del Libro?
No, ninguna. Es habitual confundir ambos términos en búsquedas online, pero se trata de una novela clásica inglesa del siglo XIX, sin ninguna relación con las ferias del libro que se celebran actualmente en España o Latinoamérica.
¿Es Becky Sharp la protagonista o la villana de la novela?
Ninguna de las dos etiquetas encaja del todo. Thackeray construye deliberadamente una «novela sin héroe», y Becky Sharp funciona como una antiheroína cuya ambigüedad moral es precisamente uno de los grandes logros de la obra: el lector nunca tiene una postura moral cómoda hacia ella.
¿Hay adaptaciones cinematográficas de la novela?
Sí, ha inspirado varias adaptaciones al cine, siendo la más reciente y conocida la película de 2004 protagonizada por Reese Witherspoon en el papel de Becky Sharp.
Conclusión
La Feria de las Vanidades es un clásico que ha envejecido notablemente bien porque su objetivo no era retratar una época concreta, sino una debilidad humana universal: la obsesión por las apariencias, el estatus y la aprobación social, disfrazada de virtud. Con Becky Sharp como uno de los personajes más fascinantes y moralmente complejos de la literatura del siglo XIX, sigue siendo una lectura recomendable para quien busque algo más que una novela de época convencional: una sátira que, dos siglos después, no ha perdido ni un ápice de vigencia.